Semana Santa 2020

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LA “GRAN” SEMANA SANTA DEL SIGLO XXI QUE NO DEJA INDIFERENTE A NADIE.

El Coronavirus ha revolucionado las conciencias, los interrogantes, del hombre y la mujer de hoy, en una encrucijada de dolor, de angustia, de inseguridad, de muerte, de solidaridad y del mundo de la política, de la sociedad en todos sus ámbitos. El Nazareno, la Verónica, el cirineo… podemos encontrarlos en las UCIs, en las habitaciones de los hospitales, en las familias confinadas ante el terror, en las personas que velan por nuestra seguridad, en aquellos que nos abastecen de alimentos, en los transportistas…, en tantas personas anónimas que exponen sus vidas para que nosotros estemos protegidos en todos los aspectos. Nunca una Semana Santa ha sido tan real desde que nuestro Salvador diera su vida por nosotros. Cristo se hace presente de modo especial en cada uno en medio de esta situación.

 

Cada Semana Santa toca nuestras vidas de ayer y de hoy, nos enseña a leer el mundo y su historia desde un Dios hecho amor y una Madre dada en amor para la humanidad. Nos invita hoy, y en este momento desconcertante, a reflexionar desde el silencio del corazón, la mirada misteriosa y compasiva de un Dios Padre ante la pandemia del Coronavirus en este siglo XXI. Una realidad que abruma e inquieta en todos los ámbitos de nuestras vidas: Fe, dudas, sospechas, miedos, incertidumbres, economía, paro, familias, muertos en soledad, enfermos solitarios, dudas y zozobra ante la gestión política, y así un sinfín de interrogantes.

El coronavirus nos arrodilla, queramos o no, dudemos o creamos, ante el Dios y Señor de la vida y de la historia, que hace dos mil años nos regaló su amor en Cristo, sufriente, muerto y Resucitado. Este año 2020 es una Semana Santa en VIVO, en nuestras historias personales. Esta pandemia sacude nuestras conciencias y nos plantea la gran verdad del hombre, de su historia y de su tiempo. Hunde nuestros corazones ante Dios y nos urge a mirar nuestra alma en el trágico misterio de este momento, en primer lugar para descubrir a ese Dios Padre que nos ama desde siempre y nos busca cuando perdemos el camino (Gén 3,9); Él nos brinda el retorno al paraíso de la eternidad para la que fuimos creados.

En segundo lugar nos urge a mirar el alma en el silencio del dolor sospechoso de este momento, en la incertidumbre que nos aguarda, en los muertos que nos entristecen al estar confinados, y en un largo etcétera. Mirar el alma en estos momentos es una invitación apremiante a plantearnos los grandes interrogantes de la vida: ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿cómo y con quién recorro el camino?, pues caminar en solitario sin la compañía de Dios es el gran y mortal fracaso de la vida. Estos momentos son terriblemente difíciles y tenemos que dar respuesta a esos interrogantes. Pero, también son momentos de esperanza: Dios está en medio de nosotros. Lo que ocurre duele y oprime; pero podemos sentir que el Señor nos sigue buscando para curarnos y restaurarnos.

En tercer lugar, al mirar el alma descubrimos al otro, al hermano que camina junto a nosotros y que en estos momentos se ha manifestado su presencia en la solidaridad. Esta mirada nos invita a ser los buenos samaritanos del camino para darles el servicio del amor, acogida y acompañamiento. Pero junto a todo esto, está también la silenciosa e incansable acción del Señor que busca nuestra salvación y nuestra reparación-conversión.

Frente a estas realidades, la única y gran vacuna contra este virus pandémico es la ORACION. Una oración desde la interioridad y el silencio del corazón para convertirnos a Jesucristo. Es lo que más necesitamos hoy, es lo primero y fundamental: volver el corazón al Señor y dejarnos encontrar con Él. Así comenzará nuestro camino de recuperación. Por la experiencia inmediata sabemos que el dolor nos oprime, nos sacude y nos agobia. Para liberarnos en estos momentos se necesita esperanza: la seguridad en el poder y en el amor de Dios. Él está en la barca para calmar la tempestad (Mc 4,35-41), “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo (Mt 28, 20). Recorramos la vida con la decisión de obrar como Él nos pide. Recorrer la vida con decisión, con constancia, con esperanza es lo que caracterizó a la Virgen María. Pidamos a la Virgen María con estas tres invocaciones: Salud de los enfermos, Consuelo de los afligidos, Refugio de los pecadores, que visite de nuevo nuestros montes y lugares llevando al Señor a donde va, como en su visitación a su prima Isabel, (Lucas 1, 39-56). Hoy nuestro mundo, nuestra España, nuestra Iglesia necesita la visita de la Virgen María como tantas veces ha experimentado el pueblo sencillo. La Virgen María nos enseña: confiar en Dios, poniendo en Él nuestra mirada. Ser buenos samaritanos del camino de la vida llevando en nuestro zurrón y en nuestro corazón las Bienaventuranzas.

Caminar con esperanza y confianza. Soltar todo aquello que estorba hacia la meta donde nos dirigimos. ¡Hermanos! volvamos a Dios. Pongamos en Él nuestra mirada. Muchos males que nos agobian tienen su origen en el corazón del hombre que ha olvidado a Dios y se ha aliado con el demonio. Volvamos a Él con una mirada arrepentida, conversa y sincera. Y volviéndonos a Dios, pongamos nuestra mirada en el hermano, en especial al necesitado; hay muchos “necesitados” que padecen desde antes del coronavirus la pandemia de la soledad. Como sacerdotes y pastores de almas, no podemos abandonarlos; y si no podemos desplazarnos a sus casas, al menos podremos llamarlos por teléfono y escucharles; necesitan sentirse acogidos por el corazón de Dios, el corazón del sacerdote.

Luchemos por la cultura de la vida, apartemos la corrupción de este mundo que nace del poder y del dinero cuyo matrimonio nos aparta de Dios para darle la espalda y proclamar la cultura de la muerte. Que salgamos de esta pandemia ajustando nuestra conducta a la voluntad de Dios, para lo cual Jesucristo nos da la fuerza y la Virgen intercede por nosotros.

Aprovechemos este confinamiento para hacer un buen examen de conciencia, todos necesitamos en mayor o menor medida de una profunda conversión. Dios más que nunca necesita sacerdotes y fieles santos, que a pesar de sus debilidades y pecados, se levantan una y otra vez, con corazón contrito y humillado. Es éste un tiempo de gracia, es tiempo de conversión, de purificación. Oremos con esperanza, con firmeza, no perdamos este tiempo con distracciones que nos disipan de Dios. Guardemos silencio interior y exterior, para oír mejor la voz de Dios. Esta pandemia debe servirnos para un verdadero encuentro con Dios, una verdadera sanación interior. Dios nos aparta del ruido, de las distracciones para que lo pongamos realmente en el centro de nuestras vidas, desplazando nuestro ego, y apartando de nosotros lo que nos aparta de Él.

Salgamos de este momento con la convicción de que no estamos solos. Dios y su amor están con nosotros. Con esta experiencia tan dolorosa en este valle de lágrimas, sabemos que María sigue visitando a su pueblo, sigue subiendo a prisa la montaña pues la necesitamos. Y su visita es eficaz: trae a Dios con Ella. Confiemos en Ella. Y, así, podremos confiar más en el Señor que continua queriendo salvar a su pueblo. Hermanos caminemos de la mano de María, la Virgen de verdad sin limitaciones y empuñando con manos limpias el SANTO ROSARIO, oración clave de ayer y de hoy del pueblo creyente. La oración es la gran vacuna contra este virus y otros virus. Pongamos nuestra debilidad en las manos de Dios y Él la transformará en fortaleza.

Estamos seguros que esta Pascua 2020 nos resucite de esta pandemia, pero sobre todo la garantía de nuestra pandemia o no es que CRISTO ha Resucitado.

Oramos a la Virgen nuestra Madre con el Papa Francisco para que venga pronto a esta montaña y a tantos lugares del mundo para compartir con esta humanidad la pandemia del coronavirus y la pandemia de la fe que provoca tantos desastres. Nos ponemos también bajo la intercesión de San Miguel arcángel para que venza con su poder al demonio y sus consecuencias.

Oh María, tu resplandeces siempre en nuestro
camino como un signo de salvación y esperanza.

Nosotros confiamos en ti,
salud de los enfermos,
que junto a la cruz estuviste asociada
al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe.

Tú, salvación de todos los pueblos,
sabes de qué tenemos necesidad
y estamos seguros que proveerás
para que, como en Caná de Galilea,
pueda volver la alegría y la fiesta
después de este momento de prueba.

Ayúdanos, Madre del divino Amor,
a confiarnos a la voluntad del Padre
y a hacer lo que nos dirá Jesús,
que ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos
y ha cargado nuestros dolores para conducirnos,
a través de la cruz, a la alegría de la resurrección.

Bajo tu protección buscamos refugio,
Santa Madre de Dios.
No desoigas nuestras súplicas
que estamos en la prueba,
y libéranos de todo peligro,
oh Virgen gloriosa y bendita.

Con mi afecto y bendición vuestro Padre Rolando